La religión en el ser humano y la Gestalt

17 de Agosto de 2007

Hoy quiero escribir sobre una idea que vengo pensando hace unos días. Es acerca de la “necesidad metafísica” del ser humano.

Desde que el mundo es mundo, y en diferentes civilizaciones no interconectadas entre sí, los pueblos han generado dioses que explican los misterios universales de forma sencilla (Ejemplo: ¿Por qué cae agua del cielo? Porque los dioses así lo quieren. ¿Por qué se mueve la tierra bajo mis pies? Porque los dioses así lo quieren, etc.). Comprendo (mucha gente lo pensó antes que yo, y he leído poco sobre el tema) que el ser humano tiene una necesidad de responder a sus interrogantes. Si frota dos palos y éstos hacen fuego, intentará buscar los porqués de este fenómeno. Ahora, ¿Qué sucede cuando la persona se encuentra ante un fenómeno que no puede explicar razonablemente? De allí deriva el pensamiento metafísico y se desarrollan las deidades. A través de sofismas del pensamiento, comienza a desarrollar la “fe”, es decir, tomar por verdadero algo no demostrado.

Véase el fragmento “El Porvenir de la Ciencia” de Nietzsche. Él dice que la mente humana necesita satisfacer su curiosidad acerca de cuestiones trascendentes (¿Cuál es la razón de la existencia del mundo?) y no tanto (¿Por qué llueve?). La ciencia, que resolvió algunos (ahora sabemos que la tierra gira alrededor del sol), todavía no encuentra solución a otros.

Triángulos mostrando la ley de encierro gestáltica

Supongo que el ser humano necesita completud y armonía en su vida, es por eso que cuando ve una figura como la #1, la forma mentalmente como #2. Este es el fenómeno llamado “Ley de encierro” en la teoría de percepción de la Gestalt.

Supongamos que el primer triángulo es lo cognoscible, lo perceptible, lo que podemos saber acerca del universo a través de la simpleza de los sentidos y conjeturas no muy elaboradas. El cerebro, creo yo, opera de la misma manera con el triángulo sin vértices que con otras ideas, intentando cerrar los bordes formando una figura perfecta (en este caso, nunca mejor elegida, un triángulo, representante de la divinidad tripartita cristiana).

La realidad actual es #3, es decir, hay partes que vemos claramente (una piedra es inerte, un gato es un ser vivo), hay partes que la ciencia ha dilucidado, definido y explicado (el vértice azul) y partes que simplemente desconocemos por el momento. Sin embargo mucha gente necesita explicaciones reconfortantes. Ahora, si sabemos que el cerebro tiene una predisposición a caer en la trampa de la religión, en la trampa de la belleza de ver el triángulo cerrado (aunque sea #4, donde lo verde representa lo que veíamos como correcto en la naturaleza, y es deformado por la iglesia), ¿Por qué no nos oponemos?

No podemos pretender que delirios elevados a colectivos y, al fin y al cabo, creados por personas, que no tienen consistencia ni guardan relación con la realidad palpable (esa que la ciencia explica tan bien, que a fin de cuentas, es desconfianza hecha método) vengan a imponer una visión del mundo y, peor aún, a exigir determinadas conductas a las personas. Y peor aún es la intolerancia con la que tratan a las otras religiones, y a los ateos, esos que no somos socios de ningún club. ¿Tan buenos y piadosos son los cristianos (y podría enumerar otras religiones, pero es la más cercana) que se enfurecen y odian a quienes no lo somos?

La ciencia, desapasionada por definición, no logra tocar la fibra sensible del creyente, tan es así que después de haber establecido algunas cuestiones de forma indiscutible, todavía son refutadas por la ignorancia y la estupidez (véanse estas teorías acerca de la evolución del hombre y la redondez de la tierra). La Edad Media vuelve a pasos agigantados, y los científicos (y la personas que razonan) deben esforzarse más en divulgar el conocimiento y la razón.

Yo, mientras tanto, después de esto que pretendía ser un pequeño texto sobre la relación entre la Gestalt y la necesidad religiosa y terminó siendo cualquier cosa, me voy haciendo un pequeño altar con algunos de mis ídolos (pequeña blasfemia, perdóname, oh, señor) personales: Richard Dawkins y James Randi estarían bien para empezar.


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