La muerte: Evolución de mis conjeturas
2 de Marzo de 2007
Bueno, como siempre, la idea fija: “todos nos vamos a morir”, “la vida es una mierda”, “qué le va a hacer, don Cosme”, etc. Hoy quiero tratar de describir mis distintos pensamientos a través del tiempo acerca del tema universal.
Como primera medida, debo confesar que soy Católico Apostólico Romano, según mi bautismo. Primera medida teológica tomada por los inconscientes de mis padres. Pero considero al bautismo como medida correcta otorgable a cualquier niño, aunque más no sea “por las dudas” (espero que esta frase denote la seriedad de mis exposiciones), porque “nunca está de más” y porque no hace daño. La segunda medida (i.e. la comunión) fue tomada por mi madre, quien, acogida por una espiritualidad no usual en ella, mandó a mi hermano y a mi (doble fue su crimen) a un año entero, si no recuerdo mal, de catecismo, los sábados a la mañana (sí, a la mañana).
En catecismo aprendimos las hazañas de los apóstoles, santos y otros personajes secundarios de la novela, historias que he tenido la prudencia de olvidar completamente. La verdad es que no recuerdo exactamente si creía o no en el “Dios” cristiano, la historia del 3×1, etc., pero estaba ansioso por probar la pastilla al final del curso (la hostia, mal llamada de esa manera siniestra por mi padre, como se ve, no muy adepto a estas cuestiones) e intentaba cumplir a rajatabla con la liturgia (una vez recuerdo haber denunciado con mi padre a mi hermano cuando, al pasar por una iglesia en auto, no se persignó; esta actitud me chocó por la propia injusticia de que él no recibiera un castigo de Dios -como un rayo en su cabeza- y, más todavía, porque tampoco hubiera castigo de mi terrenal padre).
Creo que en esos tiempos debo haber creído en la existencia de Dios como un ser que me vigilaba y me miraba con cara rara cuando cometía “pecados”. Mucho tiempo después me vine a enterar que a ese “Dios” el amigo Freud lo había llamado super-yo, y viene a ser el “deber ser”, o lo que uno piensa que los demás esperan de uno. Más allá de eso, no creo haber pensado demasiado en la muerte y lo que viene después, pero creo estar seguro de que nunca me creí del todo el tema del cielo y el infierno, lugares que además me parecían demasiado abstractos e intangibles (nadie me definió el cielo, no me dijeron “tiene puertas de hierro”, “el piso es de nubes”, “están todos tus ancestros tomando mate en un hotel que hay por ahí”, y las películas no ayudaban, cada una lo mostraba de manera diferente cuando a un auto o una casa siempre los mostraban de forma similar aunque fueran películas de distinto género).
Recuerdo reflexionar (ya más adelante y, creo, inspirado por la película “Ghost”) que la muerte sería un eterno vagar por el planeta Tierra de forma incorpórea, encontrándose con otros muertos y “viviendo” de forma parecida a la actual, sólo que sin comer ni dormir, y pudiendo atravesar paredes (”¡buenísimo!”, pensé).
Sobre la pata saqué otra conclusión (creo que demasiado poética para mi edad): Cuando uno muere, la eternidad la pasa de la forma en que la concibió cuando estaba vivo. De esta forma, nadie estaba equivocado, ya que el católico (yo ya había dejado de serlo hacía rato) se iría a un cielo y vería a Dios a los ojos, etc., el que había sido católico y no había hecho más que cagadas en su vida iría a un infierno donde sería azotado y hervido por siempre y yo… y yo no sé, yo ahora ya ni sabía que elegir… por un lado tenía ese cielo que mucho no me gustaba, por el otro tenía el “vagabundeo por el mundo estilo Ghost”, que tampoco me convenció desde que reflexioné que este planeta algún día se iba a hacer pedazos o iba a quedar deshabitado o algo, y yo iba a quedar (junto con otros muertos o quizás no) dando vueltas sobre una piedra vacía. Así que no tenía una idea de nada.
Creo que me pegó a los 20 (por ahí a los 21, no sé exactamente cuándo): La verdad es que un día comprendí que me iba a morir, y que chau, que si te he visto no me acuerdo, que me desintegraría sin remedio y que el mundo seguiría funcionando sin mi (¡Horror!). Por supuesto que no me acuerdo exactamente del día en que me pasó (por ahí fue una idea que se desarrolló de a poco), pero es algo que muchas veces me agarra a la noche y no me deja dormir por un buen rato, y me aplasta la cabeza de una manera casi intolerable (la rutina del día hace que, aunque consciente de estas cavilaciones, mantenga un poco más la compostura). Yo no sé si la gente de mi edad (de cualquier edad, que yo conozca -lamentablemente no conozco filósofos-) se hace estas preguntas o (si es que lo hacen) si las viven tan intensamente como yo.
Desde ese momento (incluso desde antes, y creo que desde que tengo la concepción de la muerte) me definí agnóstico. Igualmente creo que todos somos bastante agnósticos: Hasta al más mojigato, que piensa que tiene el cielo comprado, le agarra un cagazo terrible cuando la parca le respira en la nuca. Pero el agnosticismo no me viene demasiado bien, porque me gusta demasiado saber las cosas.
Ya llegando a mi edad actual, 22 años (para 23), me considero completamente ateo. Estoy en duda de la existencia del alma y creo solamente en la existencia de una consciencia que podemos usar durante unos 70 años (con un poco de suerte) para mirar y admirar el universo (de una forma patéticamente minúscula, ya lo sé) para luego morir e ir a ninguna parte, simplemente al cementerio.
Esta última idea me venía resultando intolerable hasta hace muy poco, ya que sentía que la muerte sería como quedar paralizado sin poder abrir los ojos, y sentir de algún modo como uno se va deshaciendo. Pero lo estaba pensando para el carajo. Creo que una de las fuentes que me iluminó fue el corto de Jean Pierre Jeunet “Foutaises”, en el que el personaje dice que se “siente aliviado de que la muerte no será peor que antes de nacer”. La idea de la muerte es la desaparición de la conciencia, es decir, dejar de existir completamente y volver a ese estado de antes de nacer, o sea, la nada.
¿Y cómo medir la nada? ¿Y el tiempo? ¿Y la posteridad, y la gloria, etc…?
Bueno, no me quiero extender mucho, pero para definir el cesar de la existencia tengo que explicar mi idea respecto del tiempo:
La conciencia vive en un eterno presente y, gracias al cerebro y su capacidad de almacenar la información del pasado, uno registra sucesos y proyecta el porvenir. Siendo un amnésico constante (Memento es una ayuda para el desarrollo de esta idea, mi vieja que sufrió amnesia total y nunca más recuperó sus recuerdos anteriores también lo es) uno podría decir que no existe su pasado, crearse otro, o directamente vivir el eterno presente, como hacen los animales. Pues bien, cuando se suprime la conciencia, se suprime el pasado, la noción de futuro y, más precisamente, el vertiginoso presente. Ni dolor ni alegría.
Este último párrafo requiere de un artículo aparte o de un libro entero, quizás. Seguramente no me expresé bien y nadie lo va a entender más que yo, y eso que yo no lo entiendo del todo tampoco.
Como conclusión (¡Por fin!) puedo decir que en este momento de mi vida siento que la muerte es la finalización de la existencia sin más, la nada absoluta, sin dolor, castigo o recompensa. Ya escribiré un artículo sobre lo que creo que es un absurdo total, el cielo y el infierno, pero ya puedo decir que creo en un destino común para todos los seres (humanos malos, buenos y regulares, animales y plantas); se podría decir que soy bastante comunista en ese aspecto.
Y como epílogo advierto que no me tomen muy en serio, ya que como han visto, suelo cambiar de filosofía como de calzoncillos (¡eh! ¡me baño todos los días!) y lo que expongo acá no pretenden ser aseveraciones tajantes, sino dudas expresadas. También me pregunto si alguien se hace estas mismas preguntas, porque todos mis conocidos me esquivan, me evitan y me hablan de otra cosa cuando hablo sobre la filosofía básica de la muerte. O tal vez sea yo el enfermo que piensa en esto constantemente y debería preocuparme por el precio del tomate (que llega a los tres pesos, una barbaridad, señora) y mi trabajo de la facultad que ya juzgo tan eterno como el agua y el aire.
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