Fragmentos de El sometimiento de las mujeres
18 de julio de 2010
Transcribo unos fragmentos que marqué en El sometimiento de las mujeres, de John Stuart Mill. Vale aclarar que este no es un resumen de las ideas clave del libro, sino una selección de las ideas que más me llamaron la atención, por cómo están formuladas o por su carácter contrario al “sentido común”.
Cuánto placer me da en la mente leer palabras inteligentes, razonamientos claros. En este libro no son sólo sobre el tema en cuestión, sino también sobre el comportamiento de las sociedades en general, en especial con respecto a los sectores más vulnerables y las minorías.
Obviamente recomiendo enfáticamente a quien esté interesado en el tema (y a quien esté interesado en la historia de las sociedades en general) este libro. También agrego algunas reflexiones propias al respecto de cada fragmento, con algunas extrapolaciones posibles a otros casos.
Acá van:
Las leyes y los sistemas políticos siempre empiezan por reconocer las relaciones ya existentes que se encuentran en los individuos. Convierten en derecho legal lo que era un simple hecho físico, le otorgan la sanción de la sociedad y aspiran principalmente a sustituir el conflicto irregular y anárquico de la fuerza física por medios públicos y organizados de hacer valer estos derechos y protegerlos.
Esto me dispara dos cosas: por un lado, que la ley viene después de la realidad, que lo que hace es regular cuestiones existentes. Por otro lado, creo que va un poco en contra de la existencia de la diversidad en las sociedades, ya que muchas veces las regulaciones normalizan la forma que tienen las mayorías de proceder en algún caso, y someten a las minorías a este régimen. Pienso (entre otros infinitos ejemplos que pueden ser de economía o educación) del hasta en el ejemplo de la familia tradicional, regulada a través del matrimonio y sus modificaciones, y la gente que elige vivir en la poligamia, y cómo su caso queda fuera de la regulación.
Acá Mill compara la situación de la mujer con la de los esclavos, y después habla sobre la imperfecta relación que se da entre personas en distinta relación de poder:
Es ley en política que los que están sometidos a cualquier poder de origen antiguo no comienzan nunca por quejarse del poder en sí, sino de su aplicación opresiva.
Aun cuando existe verdadero afecto, la autoridad por parte de uno y la subordinación por parte de la otra pueden impedir que exista confianza perfecta. (…) Podemos afirmar que con confianza que casi nunca existe un conocimiento mutuo completo, si no es entre personas que, además de ser íntimas, son iguales.
¿Quién duda que puede existir mucha bondad, y mucha felicidad, y mucho afecto, bajo el gobierno de absoluto de un hombre bueno? Al mismo tiempo, las leyes y las instituciones no se deben adaptar a los hombres buenos sino a los malos. El matrimonio no es una institución dirigida a unos pocos escogidos. No se exige a los hombres, como requisito previo a la ceremonia de matrimonio, que presenten certificados que prueben que se les puede confiar el ejercicio del poder absoluto.
Esto último me hace pensar en la relación afectiva entre un jefe y su empleada (algo que capaz que en la época de Mill no se daba pero ahora sí), en cómo es una relación que siempre será desequilibrada, en la que siempre estará esa cuota de poder en el medio que hace que no pueda existir una confianza o entrega absoluta.
Hasta los hombres más corrientes se reservan la faceta violenta y malhumorada, el lado más inconfundiblemente egoísta de su carácter, para las personas que no tienen la posibilidad de hacerle frente. Las relaciones entre los superiores y los subordinados son el semillero de estos vicios del carácter, que siempre que existen en otras circunstancias es como derivación de estas.
Por supuesto, no sólo se da entre un marido y su esposa, también puede ser al revés (una minoría de casos) y en la relación entre jefes y empleados, padres e hijos, maestros y alumnos…
El párrafo que sigue no sé si me inspira pesimismo u optimismo, ya que si bien coincido con lo que dice, veo que el mundo va para el lado de pensar las cosas de forma mucho más abierta y acepta más rápidamente los cambios en las sociedades.
No es ninguna novedad que la humanidad no prevea con claridad sus propios campos, ni que sus opiniones estén adaptadas a las épocas pasadas y no a las venideras. El don de ver el futuro de la especie siempre ha sido privilegio de la élite intelectual, o de los que han aprendido de ésta; albergar las opiniones de ese futuro ha sido distinción de una élite todavía más exclusiva, a las que estas opiniones han solido llevar al martirio. Las instituciones, los libros, la educación, la sociedad… siguen formando a los seres humanos para lo antiguo, cuando hace mucho tiempo que ha llegado ya lo nuevo (…)
Jamás podrían mejorarse las leyes si no existieran muchas personas cuyos sentimientos morales fueran mejor que las leyes vigentes.
Esta idea me encanta por lo sencilla y clara. Me recuerda a la cita de Shaw que dice “El hombre razonable se adapta al mundo. El hombre poco razonable insiste en adaptar al mundo a sí mismo. Por lo tanto, todo progreso depende del hombre poco razonable.”
Más adelante Mill continúa la idea:
Las personas, incluso las de notable valía moral, a no ser que también sean pensadores, están muy dispuestas a creer que las leyes o las costumbres cuyos males no han conocido en persona no producen mal alguno, sino que (si, al parecer, son objeto de la aprobación general) lo más probable es que produzca el bien, y que es un error ponerles reparos.
Este próximo párrafo habla claramente sobre la discriminación, aunque desde la perspectiva de una pérdida para la sociedad, no para el discriminado, una mirada que nunca había considerado, dado que siempre terminaba mi reflexión en estos casos con la injusticia hacia el individuo. Me hizo acordar a nuestra Constitución donde dice que “Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad”.
Ordenar que una clase determinada de personas no pueden ser médicos, o que no pueden ser abogados, o que no pueden ser miembros del Parlamento, no sólo es perjudicar a esas personas, sino también a todas las que se sirven de los médicos o de los abogados, o eligen a los miembros del parlamento, que se ven privadas del efecto estimulante de la mayor competencia sobre el trabajo de los competidores, además de verse limitados a menos posibilidades de elección.
Este párrafo lo marqué solamente porque me pareció muy raro que Mill hiciera una generalización tan marcada de su país… y creo que probablemente es un estereotipo errado, o que por lo menos también existe en habitantes de otros países.
Los ingleses, más que ningún otro pueblo, no sólo obran según las reglas, sino que piensan de acuerdo con ellas. En otros países, la opinión enseñada, o las exigencias de la sociedad, pueden ser el poder más fuerte, pero siempre se aprecian por debajo los impulsos de la naturaleza individual, que se resisten a ellas con frecuencia: puede que las reglas sean más fuertes que la naturaleza, pero la naturaleza sigue allí. En Inglaterra, las reglas han suplantado a la naturaleza en gran medida.
Hablando sobre que la mayoría de las obras creativas de la humanidad fueron creadas por hombres:
Cuando las mujeres tengan la preparación que requieren ahora todos los hombres para ser eminentemente originales, habrá llegado el momento de empezar a juzgarlas a la luz de su capacidad para la originalidad.
(…)
Si para un individuo muy dotado tienen que transcurrir años, para la masa tienen que transcurrir generaciones.
Hablando sobre la capacidad de la mujer para hacer el mal, Mill dice que es un cumplido vacío el decir que las mujeres son mejores que los hombres. Además dice:
Es más saludable para el carácter moral el ser sometido, aunque sea por un poder arbitrario, que gozar del ejercicio de un poder arbitrario sin restricciones.
No estoy seguro de esto. Es posible, pero nada me demuestra que el sometido sea mejor que el sometedor, su posición sólo nos garantiza que será menos capaz de hacer daño, no que no tenga la intención.
Cuando los privilegiados otorgan concesiones a los no privilegiados, muy rara vez es por algún motivo mejor que porque los no privilegiados tienen el poder de exigirlo.
Este último fragmento me parece sublime. Trato siempre de guiarme a través de él, y deseo que la sociedad funcionara un poco más así, a través del respeto al mérito, y no (ejemplo) a la edad o al dinero.
El principio básico del movimiento moderno en moral y en política es que el respeto se gana por la conducta, y sólo por la conducta; que los hombres merecen consideración no por lo que son, sino por lo que hacen; por encima de todo, que el mérito y no el nacimiento es lo único que capacita en justicia para ejercer el poder y la autoridad.
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