Estas son mis divagaciones de las 4.30 de la mañana del Viernes 19 de Mayo de 2006. Espero que anotándomelas acá dejen de dar vueltas por la cabeza y vengan cosas nuevas, o me dejen dormir.
Pienso, como muchas veces en la hora del sueño, en la muerte. Con ella vienen también a jugar los conceptos de universo, tiempo, dimensiones. Los saludo y comenzamos.
¿Qué es una persona, en definitiva, sino un conjunto de moléculas ordenadas de determinada manera? Me fío por una intuición probabilística al aseverar que esa bolsa de moléculas no va a volver a ocurrir como tal en la historia del universo.
Por lo tanto me viene a la mente la idea del individuo mortal. Es decir: Uno existe desde el momento del nacimiento hasta el de la muerte. Punto. No hay más para ver que lo que se vio. Me inclino a suponer que vivimos en una prisión de tiempo constante; ese tiempo, como sabemos, es una ilusión, un concepto. El tiempo no existe. Al morir, conjeturo, nos libramos de esas cadenas. No estamos más condenados al tiempo, lo cual tendría lógica desde un orden si se quiere administrativo. No se necesitará una contabilidad extraterrena, ya que no existen el cielo o el infierno. Incluso no existen otras ideas de la muerte también en un imaginario colectivo, como la del espíritu que vaga en su morada, viendo todo lo que pasa, incluso participando a veces.
Claro que tampoco el individuo existe. O, mejor dicho, existe como individuo en el mísero tiempo en que funcionan sístole y diástole. Antes y después, somos todos una bola inmensa de masa y energía que forma el universo. Estamos un rato nomás en este saco biodegradable.
A medida que lo pienso más, más vértigo me agarra al pensarlo, mas menos difícil es de comprenderlo, de interpretarlo. El vértigo que siento cuando pienso sobre estas cosas es de una dualidad intensísima: espero con ansias y terror el momento de la muerte.
Con ansias, porque es el paso de la racionalidad a la nada, la disolución de todo concepto, de toda realidad, y no me lo quiero perder. Además es el estado de calma, el equilibro al que tiende el sistema. El caos del que hablan los científicos ES el orden del universo, la estabilidad serena de los átomos y energía que lo componen.
Con terror, porque soy hombre, y porque me gustan los sentidos, me gusta la vida, me gusta la individualidad en la que estoy inmerso. Seguramente también, porque me acostumbré, y porque los placeres a veces son intensos, y porque el sentido de la vida es, desde el punto de vista biológico (como me recordó sencillamente mi amigo Ranalli), sobrevivir la mayor cantidad de tiempo posible.
Por otro lado: ¡Cómo me gustaría estar completamente equivocado!
No existe el cielo, ni el infierno, pero en este momento me parece que hasta el más mojigato es víctima de un infierno. Del infierno de la nada. La inexistencia. El vacío completo tan difícil de comprender por la muy limitada cabeza. Lo pienso y lo pienso y el terror no se va. Espero que algún día se vaya y se lleve a todos esos fantasmas, y espero que ese día sea antes del punto final.
Ya nos vamos a enterar…
o no.