Humano, demasiado humano
18 de Julio de 2007
Hace unos días terminé de leer el libro Humano, demasiado humano de Friedrich Nietzsche.
Fue mi primera experiencia como lector de este filósofo, hacía ya unos cuántos meses que venía pensando en leer su obra y debo reconocer que, a pesar de la gran expectativa generada, no sólo fue lo que esperaba, sino mucho más. Si bien no logré comprender enteramente algunos de sus pasajes (probablemente no comprendí ninguno en su totalidad y abarcadura), realmente sentí un verdadero crecimiento intelectual a partir de esa lectura.
Cabe aclarar que ya adhería a muchas de sus ideas antes de conocer el texto (ya coincidía con su ateísmo proverbial), pero creo que la enseñanza más profunda que me dejó (tal vez la más terrible) es la de dejar de lado la metafísica. Propone no sólo eliminar la religiosidad de nosotros, sino también las ideas metafísicas (algo que puedo definir rápidamente como “No creo en Dios, no creo en las brujas ni la astrología, pero tal vez algo hay… tal vez persistimos de algún modo después de la muerte… tal vez existen universos imperceptibles… tal vez algo de todo esto tiene sentido…”), no porque no puedan existir, sino por irrelevantes para la vida humana. Por ahí lo que hace que se me complique salirme de esa área sea mi estima por Borges y Cortázar, amigos de esa disciplina (Cortázar creía fervientemente en la metafísica, Borges la aplicaba para su arte, no sé si no usando algo de ironía); todavía no lo sé, pero por lo menos ya tengo un pequeño desafío…
Quiero compartir con quien lea esto algunos fragmentos deliciosos de la obra; algunos que me hicieron sonreír y hasta reír, otros un poco terribles, pero todos que me hicieron pensar mucho.
Sobre las artes
155. CREENCIAS EN LA INSPIRACIÓN. Los artistas tienen interés en que se crea en las instituciones repentinas, en las llamadas inspiraciones: como si la idea de la obra de arte, del poema, el pensamiento fundamental de una filosofía, cayese del cielo como un rayo de la gracia. En realidad, la imaginación del buen artista o pensador produce constantemente lo bueno, lo mediocre y lo malo; pero su juicio extremadamente aguzado, ejercitado, rechaza, elige, combina; así es como nos damos cuenta hoy, viendo los apuntes de Beethoven, de que ha compuesto poco a poco sus más magníficas melodías y las ha entresacado de múltiples bosquejos. El que discierne menos severamente y se abandona de buen grado a la memoria reproductora podrá, en ciertas condiciones, hacerse un gran improvisador; pero la improvisación artística está en un nivel muy bajo en comparación de las ideas de arte elegidas seriamente. Todos los grandes hombres son grandes trabajadores, infatigables, no solamente para inventar, sino todavía para rechazar, cribar, modificar, compulsar, arreglar.
168. EL ARTISTA Y SU CORTEJO DEBEN ANDAR CON LENTITUD. El paso de un grado de estilo a otro debe ser bastante lento para que no sólo los artistas, sino también el público, se compenetren y sepan exactamente lo que pasa. De otro modo se produce de un golpe un gran abismo entre el artista que crea sus obras sobre una altura aislada y el público que no es capaz de llegar tanta altura y que tienen al fin que descender con disgusto. Pues cuando el artista no eleva a su público, éste cae rápidamente, y su caída es tanto más profunda y peligrosa cuanto el genio le ha llevado más alto.
181. DOS CLASES DE DESCONOCIMIENTO. La desgracia de los escritores penetrantes y claros es que se les tome por superficiales, y por consiguiente, nadie se tome acerca de ellos ningún trabajo, y la suerte de los escritores oscuros consiste en que el lector se consuma estudiándolos y ponga en cuenta el goce que le causa su diligencia.
204. LA OSCURIDAD Y LO DEMASIADO CLARO, EL UNO AL LADO DEL OTRO. Los escritores que no sepan dar ninguna claridad a sus ideas, elegirán para el detalle las denominaciones y los superlativos: de ello nace un efecto de luz semejante a una claridad de antorcha entre los embrollados senderos de una selva.
Religión, sociedad, y otras yerbas
129. DONACIÓN PROHIBIDA. No hay bastante amor y bondad en el mundo para tener el derecho de hacer donaciones de ellas a seres imaginarios.
226. ORIGEN DE LA FE. El espíritu dependiente obra, no por razones, sino por costumbre; si es, por ejemplo, cristiano, no es porque haya examinado las religiones y elegido entre ellas; si es inglés, no es porque sea partidario de Inglaterra; adoptó al cristianismo y a Inglaterra, a la manera de un hombre que por haber nacido en un país vitivinícola se hace bebedor.
Oblíguese, por ejemplo, a un espíritu dependiente, a exponer sus razones contra la bigamia, y se verá por experiencia como su sagrado celo por la monogamia descansa en la costumbre. El habituarse a principios intelectuales no apoyados en razones, es lo que se llama creencia.
239. A CADA ESTACIÓN SUS FRUTOS. Un porvenir mejor tiene mucho de peor. Es ilusión creer que un grado de evolución contiene toda la bondad de los grados anteriores. Cada estación tiene sus frutos, sus ventajas. Lo que creció a la sombra de la religión no volverá ya; brotará algún que otro retoño, pero nada más.
251. EL PORVENIR DE LA CIENCIA. La ciencia da mucha satisfacción a quien la trabaja, pero muy pocas ventajas a quien la aprende. Mas como todas las verdades se hacen de pronto vulgares, aun esta satisfacción se pierde; ya hemos olvidado el placer del admirable dos y dos son cuatro. Si, pues, la ciencia produce cada vez menos placer, dejando todo consuelo para la metafísica, para la religión y para el arte, síguese que se va secando esta fuente de placer, a la cual debemos toda nuestra humanidad. Por eso una cultura superior debe dar al hombre dos compartimentos cerebrales: en el uno estará la fuerza y en el otro su regulador; en el uno las ilusiones, los prejuicios, las pasiones, y en el otro la fría serenidad de la ciencia. Si no se satisface a esta exigencia de la cultura superior, puede predecirse con certeza el curso ulterior de la evolución humana; el interés por la verdad disminuirá con el placer; la ilusión, el error, la fantasía, recobrarán su dominio; decaerán las ciencias, volverá la barbarie; la humanidad recomenzará su tela, destruida durante la noche, como la de Penélope. Pero ¿quién nos garantizará para entonces fuerza?
277. FELICIDAD Y CULTURA. La vista de los lugares en que se pasó nuestra infancia, nos emociona: el jardín público, la iglesia, el cementerio, el estanque, el bosque. Tenemos compasión de nosotros mismos, porque de entonces acá, ¡cuántos dolores hemos sufrido! Allí cada cosa subsiste con un aire tan calmoso, tan eterno… nosotros somos los cambiados; aun hallamos hombres tan inmutables como una encina: campesinos, pescadores. La emoción, la compasión de sí mismo ante una cultura inferior es el signo de la cultura superior; de donde se sigue que ésta no ha ganado mucho en felicidad. El que quiera vivir feliz y tranquilo, apártese de la cultura moderna.
284. EN FAVOR DEL OCIOSO. Es señal de lo que ha bajado el valor de la vida contemplativa, que los sabios luchen hoy con las gentes de acción en una especie de gozo apresurado, al punto de que parecen también ellos apreciar más esta manera de gozar que lo que les conviene. Los sabios tienen vergüenza del otium. Y sin embargo, es cosa noble. Si la ociosidad es el comienzo de todos los vicios, también es la proximidad de la virtudes: el hombre ocioso es siempre mejor que el activo. No creas, señor perezoso, que hablo contigo.
390. AMISTAD DE LAS MUJERES. Las mujeres pueden muy bien trabar amistad con un hombre, pero para mantenerla es necesario que concurra una pequeña antipatía física.
463. ILUSION DE LA TEORÍA DE LA REVOLUCIÓN. Hay soñadores políticos y sociales que gastan calor y elocuencia en reclamar un cataclismo en todos los órdenes, en la creencia de que por efecto del mismo se levantaría bien pronto el soberbio templo de una bella humanidad. En estos sueños peligrosos persiste un eco de la superstición de Rousseau, que cree en una bondad de la humana Naturaleza, maravillosa, original, pero, por decirlo así, enterrada, y pone en cuenta a las instituciones de civilización, a la sociedad, al Estado, a la educación, toda la responsabilidad de ese entierro. Desgraciadamente se sabe por experiencias históricas que todo convulsionamiento de ese género resucita de nuevo las energías salvajes, los caracteres más horrorosos y más desenfrenados de las edades anteriores; que, por consiguiente, un trastorno tal puede ser una fuente de fuerza para la humanidad inerte, pero no ordenador, arquitecto, artista, perfeccionador de la naturaleza humana. No es la naturaleza de Voltaire, con su moderación, su tendencia a arrancar, a purificar, a modificar, sino las locuras y mentiras de Rousseau lo que ha despertado el espíritu optimista de la Revolución contra el cual yo grito: ¡Aplastad al infame! Por él el espíritu de las luces y la evolución progresiva, han sido desterrados para largo tiempo: ¡veamos -cada uno a solas consigo mismo- si es posible repatriarlo!
509. CADA CUAL SUPERIOR EN UNA COSA. En las relaciones del mundo civilizado, cada cual se siente superior a otro en algo por lo menos; en eso descansa, pues, la benevolencia general, puesto que si cada uno es capaz de prestar un servicio en determinada ocasión, puede en otra aceptarlo sin avergonzarse.
525. ADHERENTES POR CONTRADICCIÓN. Quien ha despertado en los hombres furor contra él, ha ganado siempre un partido en su favor.
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