La Puerta Despintada (de Romy Baiza)
No sabía cómo había llegado hasta allí, hasta ese lugar patético que lo resguardaba de algo siniestro. Quería irse pero algo le impedía hacerlo, como si algún designio divino le hubiese encomendado estar ahí en ese preciso momento, esperando.
El cuarto que lo albergaba era inmundo; sus paredes estaban manchadas de humedad, manchas que se extendían por todo el cielorraso de yeso. Él estaba sentado en un sillón carcomido por las ratas y el tiempo. Enfrente suyo, una puerta de madera despintada y semipodrida lo observaba con la indiferencia de un objeto inanimado, guardándose el secreto de la espera. En una de las paredes había colgado un cuadro que retrataba una familia burguesa de principios de Siglo XX; sus protagonistas eran cuatro: el padre sentado en el único sillón de madera; la madre detrás de él apoyando una mano en el hombro izquierdo; a la derecha del hombre, una niña de escasos ocho años abrazando una muñeca; y en la falda de él, un niño de apenas tres años con sus cachetes colorados esbozando una sonrisa. Todos ellos con la vista clavada en el frente, en el lugar donde estaba sentado él. Sentía como si estuvieran enojados con este visitante por haber osado quebrar la calma que alguna vez reinara en ese Cuartucho-Maldito-De-Mala-Muerte infestado de hedor a cigarrillos y whisky barato comprado en el kiosco de la esquina.
A la izquierda del sillón había un agujero que pedía a gritos una puerta, puerta que nunca iba a llegar. Del otro lado del vacío se veía un retrete lleno de sarro maloliente. Desde ese cuarto de baño, salía la música febril de una canilla goteando, torturando, horadando el silencio insoportable de la espera. “Lo único que me falta -pensaba- una maldita gota marcando el compás de un blues interminable”. Trataba de cerrar sus oídos para impedir que la música le perforara el cerebro como lo estaba haciendo, pero todos sus esfuerzos eran en vano: la gota estaba ahí, insufrible.
El tiempo no pasaba más y él esperaba algo. Algo que temía muy pronto vislumbrar.
Le provocaba pánico no saber qué escondía esa puta puerta de madera despintada y semipodrida, y eso lo alteraba aún más. Sabía que algo iba a suceder pero desconocía qué. Tenía la sensación, la plena conciencia de que no era nada bueno. Todo se le mezclaba en su cabeza; la espera, la gota tortuosa y, finalmente, las preguntas insoslayables: ¿Cómo carajo había llegado ahí?¿Cómo mierda había llegado hasta ese asqueroso sillón?¿Cómo se encontraba observando una puerta a la espera de que se abriera?. Lo único de lo que sí tenía pleno conocimiento era que cualquier cosa que se atreviera a cruzar esa puerta se llenaría de plomo en unos pocos segundos (eso lo garantizaba la 9mm. que colgaba de su mano derecha, preparada para agujerear cualquier cosa).
El cigarrillo se le consumía al igual que el tiempo marcado por la Maldita-Gota-De-Ese-Maldito-Cuartucho-De-Mala-Muerte.
Intentaba recordar algo que le ayudara a explicar el por qué de su presencia allí, pero sólo le venía a la mente la imagen de un suceso confuso en el cual él había tenido el papel protagónico años atrás. Suceso que llegaba borroso e imperfecto. Ese pensamiento lo estaba calmando, le estaba apaciguando un poco el temor que sentía. Se veía caminando…
…camina por las calles de su ciudad, una ciudad pequeña del Sur de la provincia de Buenos Aires. La tardecita es una de esas típicas primaverales donde el sol, aunque escondido, todavía sigue regando su luz por todo el cielo. La temperatura es más que agradable y la gente da vueltas por el centro, ya que debido a la humildad de la ciudad cuenta con un solo punto de atracción por donde todos, principalmente los jóvenes y adolescentes por más que renieguen, terminan paseando.
(La Gota Y Su Estúpido Blues)
Va hacia la casa de un amigo pero antes debe pasar por un lugar a cumplir un recado de su jefe. Éste es un gordo asqueroso, repugnante y nauseabundo fanático de las películas XXX. Se pasa el día detrás de su petulante escritorio de roble, fumando Ducados pasados de contrabando por la aduana paralela, muy de moda en estos tiempos. Su imagen, indefectiblemente es asociada con la del negro gángster de “Pulp Fiction” y sus diálogos están infestados de latiguillos robados de los filmes de Tarantino.
Mientras sigue su recorrido recuerda cómo Isabel, su mujer, le pide siempre que no trabaje más para El Gordo (así es como lo llaman a su patrón) y trate de conseguir un trabajo decente y menos peligroso. Este día no fue la excepción, Isabel le había rogado durante toda la mañana que no hiciera este trabajo, argumentando que tenía un mal presentimiento. “Cosas de mujeres y su estúpido sexto sentido” dice y continúa caminando.
(La Maldita Gota Cortando El Silencio)
Mientras se aleja de la parte céntrica con destino a la dirección que tiene en el bolsillo, enciende un Lucky y piensa: “no es tan malo El Gordo conmigo. Cada cual hace lo que le corresponde. Yo, el trabajo sucio y él, a cambio, me paga bien y en efectivo”. Pero este mes tiene más asuntos que atender que de costumbre; cobrarle a uno unas deudas provenientes del juego, a otro los intereses de un préstamo atrasado y darle a José una buena tunda. Pobre José, un pelotudo levantador de quiniela que había intentado quedarse con un vuelto perteneciente a El Gordo. La verdad es que el pobre estúpido se merecía estar con las dos piernas enyesadas y colgando del techo, si hasta causa gracia la forma que había tenido José de pedir por favor que no le arrojara encima de sus rótulas el gabinete de una PC (son increíbles las cosas que se pueden utilizar para lastimar al prójimo). Pero sin duda alguna la que más arranca una carcajada es la excusa utilizada por el agredido para no delatar al victimario ante el médico de guardia: “Me caí de la escalera borracho como una cuba”.
(Maldita Gota Golpeando Contra El Lavabo)
Y ahora este asuntito. “Andá hasta esta dirección -le había dicho El Gordo- y encargate del tipo que está ahí. La paga es el doble y si no preguntás nada, el triple”. Como nunca acostumbraba a preguntar, a menos que fuera estrictamente necesario, no lo había hecho.
Lleva caminado algunas cuadras y cuando dobla a la derecha, enciende otro Lucky por costumbre más que por necesidad y mira la hora, faltan diez minutos para hacer el trabajo. Siempre es puntual, así que aprovecha y da unas vueltas a la manzana mientras disfruta de la leve brisa templada que ha comenzado a correr. “El último trabajo, Isabel, te lo prometo. Luego sacamos toda la plata que tenemos en el banco y nos vamos a España a probar mejor suerte. Quizás allá podamos progresar un poco. Ponemos una pizzería, sabés que esa es mi pequeña utopía”. Esas palabras le resuenan en su conciencia una y otra vez y sabe que gracias a ellas ha podido calmar a su mujer antes de salir de su casa a hacer… lo que tiene que hacer. Pero más que simples palabras de consuelo son promesas que está dispuesto a cumplir una vez concluida la empresa. Además, ya estaba bastante harto de lidiar con asuntos de los demás. Le molesta que lo hayan comenzado a señalar con el dedo sus vecinos y las viejas-menopáusicas asiduas concurrentes de cuanta peluquería tengan al paso. En realidad a él eso lo tiene sin mucho cuidado ya que si por él fuera las manda a todas a la mierda y a otra cosa; pero está Isabel, y a ella la ama demasiado como para permitir que sufra a causa de los comentarios de las vejucas.
(Gota, Cayendo, Goteando, Horadando…)
Es la hora, tira el Lucky al suelo y lo aplasta con sus botas negras lustradas, expulsa el humo de sus pulmones y se encamina hasta el lugar indicado. Cuando llega ve un edificio de tres plantas delante suyo. Éste se levanta como un templo de antaño, vapuleado por el tiempo. Se putea a sí mismo por recordar “Psicosis” (definitivamente hay ciertos pensamientos que no deben hacerse concientes en ciertos momentos, y éste era uno de ellos). Las paredes exteriores están cubiertas por un musgo verdinegro totalmente nauseabundo. Cada uno de los pisos tiene cuatro ventanas que dan a la calle, una de ellas está iluminada y deja ver las siluetas de dos niños jugando con un osito, o quizá peleando por él. Ruega para sus adentros que ese no sea el cuarto que debe visitar. Odia trabajar delante de los chicos, lo había hecho una vez y no soportó el llanto del muchachito que estaba en la alfombra. Recuerda que no pudo dormir durante cinco días sin que le viniera la imagen del mocoso aferrándose al cuerpo inerte de su padre, luego de la paliza que había recibido y que él mismo le había propinado. Lo único que hasta el día de hoy lo consuela es saber que la madre del niño había huido hacia el baño, donde se encerró a lloriquear como una Magdalena. “Es un alivio saber que la pobre criatura no está sola en el mundo” piensa.
3º “A” acusa la tarjeta que le había dado El Gordo. Maldice tener que subir escaleras y entra al edificio. Mientras cruza el umbral revisa si su pistola está cargada; sí, lo está. Retira el seguro y enrosca el silenciador en la punta. Nadie tiene que escuchar absolutamente nada, y él lo sabe más que bien. Otra cosa que pide es que el pobre desgraciado se encuentre sólo, no tiene por qué malgastar balas en quién no esté invitado a la “Fiesta del Plomo”.
(“El último, bebé, el último trabajo”). Sube las escaleras despacio, cuidando cada uno de sus pasos para no hacer ruido. (“Luego nos vamos a Europa”). Cuando va por el segundo piso, siente un sonido que le paraliza todos sus músculos. Queda totalmente inmovilizado como si un golpe de electricidad le estuviera tanteando el cuerpo. (“Juntos a Europa, mi amor”). Las manos se aferran al acero frío de su arma. Los sentidos se ponen alerta al máximo. La transpiración le gana la espalda experimentando el helado sudor del miedo que no ha sido invitado. Hace tiempo que no siente esa sensación de angustia, de temor a lo inesperado. Seguramente, esto le ocurre al saber que éste es su último trabajo. (“La plata del banco, las valijas y chau”). Su respiración se acelera y alcanza los mismos niveles experimentados por las mujeres en un parto, emulando una locomotora de vapor en plena carrera. Otro ruido apagado, largo y consistente le retumba en la espalda, dándole la sensación de un escalofrío. “La muerte me pasa por la espalda” murmura irónicamente. Algo se está arrastrando por el viejo piso de madera, viene hacia él y esto le produce el más sofocante de los terrores. El terror a no saber qué es lo que le espera a unos escasos pasos. (“No volvemos más, Isabel. Vos y yo solos”). Siente como si las bolas se le subieran a la garganta y le taparan despiadadamente la laringe, impidiéndole respirar, atragantándole el aire. Su boca, pastosa, pide desesperadamente saliva a sus cuatro puntos cardinales, pero las glándulas están paralizadas esperando el encuentro con esa cosa… que viene… que espera. (“Empezaremos de nuevo, mi vida, te lo prometo”). El ruido se hace cada vez más fuerte, se transforma lenta pero consistentemente en un rugido apagado y seco. El ruido está ahí, perforándole el cerebro, taladrándole cada uno de sus nervios como un maldito Black&Decker. Más fuerte y más cerca. El arma se encuentra esperando su orden y en la recámara, agazapada, hay una bala dispuesta a salir a cumplir su impiadoso destino: explotar y salir disparada para golpear contra la materia. Está a punto de disparar hacia lo que sea cuando de atrás del ángulo que forma las paredes aparece una puta rata arrastrando un pedazo de cable. El roedor, al verlo, suelta su carga y desaparece escaleras abajo. En este momento, él experimenta una mezcla de sentimientos indescriptibles: por un lado, quiere atrapar a la “puta rata” y regar todo el lugar con sus intestinos; pero por el otro, siente el alivio celestial del relajamiento de todos los músculos que instantes antes se encontraron completamente contraídos y parecían intentar desprenderse de sus huesos. Luego, sólo el silencio se deja ver. Espera un momento, recupera un poco de oxígeno y continúa subiendo.
(“Una pizzería, donde yo cocine y vos atiendas”). Tercer piso. Un zaguán con cuatro puertas a cada lado y una al final, se le despliega enfrente, entre las tinieblas del lugar. Por lógica, el departamento “A” debe ser el primero de todos; pero no, es el que está en la otra punta del pasillo. El olor que despide el lugar es terriblemente repugnante y está completamente viciado de quién sabe qué porquerías químicas y orgánicas. El hedor a vómito de bebé sobresale del resto de las emanaciones, no puede creer que haya gente viviendo en esa inmundicia. Eso le produce asco. Las paredes del pasillo están impúdicamente descascaradas, debe hacer años que nadie se preocupa en darles una mano de pintura. Las puertas de los costados están podridas, algunas rotas en su parte inferior, producto de las aguas que se escurren desde el techo por las paredes y se juntan en el suelo formando una pequeña piscina. “El que diseñó este edificio se merece una buena patada en el culo” piensa mientras que con una mueca de repugnancia inspira profundamente.
“Entrás, matás, limpiás, salís y chau. Así de fácil.” Se dice a sí mismo, intentando darse ánimo. Camina lentamente, empuñando el arma siempre delante de él, su dedo en el gatillo y ella amartillada (como debe ser). (“España, Isabel, el país de tus abuelos”). Llega hasta la puerta, una mosca perturba el silencio cruzándose encima de su cabeza con su estúpido zumbido característico. Desde la mitad del zaguán, un foco de 40 Watts provoca que su sombra se anide en la puerta que lo separa del pobre Infeliz-Muy-Pronto-Muerto. (“El último trabajo, bebé, te lo prometo”).
Detiene un momento su marcha para observarla y siente una especie de horror. La misma que se apoderó de él momentos antes. Sabe que nunca le ha ocurrido esto, y lo reconoce para sus adentros. Ni siquiera cuando tuvo que vérselas con el ruso, un mastodonte que no quería pagar una apuesta bastante gorda. Ni siquiera ese día había tenido tanto miedo como ahora. Lo está reconociendo, y eso, en vez de aliviar su angustia, lo atormenta más. (“Nadie nos va a conocer, cariño, nadie nos va a señalar con el dedo”). Algo le dice que lo que está detrás de la puerta es maligno y perverso. Lo palpa. Lo siente. La sensación le cala hasta el cóxis. Le avergüenza pensar eso. Él que es tan pragmático está reconociendo que no pertenecen a este mundo los hechos que sobrevendrán una vez abierta esa puerta, ya que lo que está detrás de ella no lo es. (“España, nuevo hogar. Luego de este trabajo nos…”). Su corazón bombea como una máquina de extraer petróleo. El sístole y el diástole son casi uno sólo. Las venas se le comienzan a marcar, expandiendo su volumen de forma preocupante; intentan llevar más sangre a todos los rincones de su cuerpo. Mientras una maldita gota fría recorre lentamente el surco medio de su espalda, su piel comienza a tornarse áspera, y sus vellos adquieren un estilo punk indeseado. La estática de su cuerpo aumenta a niveles insospechados y su suéter comienza a separarse de la piel que debe abrigar. (“…el último trabajo, Isabel, el último”).
“Mierda” susurra, “esto me está matando. Mejor es que termine esto de una puta vez y me vaya de acá lo antes posible”. Retrocede un paso y apuntando hacia el departamento “A” da una fuerte y estruendosa patada que sigue repitiéndose a lo largo de todo el zaguán hasta perderse en el piso de abajo. La puerta de madera despintada se abre de par en par ante él. Enfrente suyo hay un hombre sentado en un sillón carcomido por las ratas y el tiempo, apuntándole con un arma igual a la suya, dentro de un Maldito-Cuartucho-De-Mala-Muerte-Con-Una-Puta-Gota-Marcando-
El-Compás-De-Un-Blues-Interminable.








