Las velas encendidas y el azufre ya listo. Algunas palabras alusivas en algún idioma que no conocía mucho pero que intuía antiguo y profundo. También una bata, como le había recomendado una mujer que le vendió una guía manuscrita.
Había tomado vino tinto con la cena y ya sabía de memoria el procedimiento. Sin embargo, releía compulsivamente.
Pronunció nuevamente el discurso y las llamas de las velas temblaron; sólo un pequeño soplo como de anciano moribundo. Insistió con las palabras -es sabido, la repetición genera verdades, tal vez presencias-; esta vez, las velas se apagaron. En un mismo movimiento tiró el pentáculo de la mesa y corrió a encender la luz de la habitación, luz poco propensa a rituales de invocación.
Pero ya era un esfuerzo vano. Después de encender la luz, pero antes de darse vuelta se sentía observado. El miedo no lo dejó moverse por un rato, pero inevitablemente en algún momento iba a tener que hacerlo, así que, juntando todo el coraje que nunca tuvo para enfrentar la vida, se dio vuelta para enfrentarse al mismo Diablo.
- Buenas noches.
Él, vestido de traje, muy formal, siempre seductor.
- Buenas noches.
Repitió él, no como contestación, sino como tratando de entender la frase. Ya no estaba aterrado, una falsa sensación de calma superficial lo hacía parecer tranquilo, por más que en lo más profundo de su cabeza seguía sonando el timbre de advertencia… el timbre que le anunciaba que estaba todo mal. También recordaba el olor a azufre, lo cual era bueno, indicaba que los sentidos seguían su curso más o menos normalmente.
- Tengo todo para ofrecerte mientras estés vivo. Después, lamentablemente, tengo una eternidad de sufrimiento, pero todo eso ya lo sabés -la banca siempre gana- y decidiste llamarme de todas maneras. Ahora yo soy el que necesita saber algo, ¿Qué es lo que deseás?
Él, incorporándose un poco más, buscó las mejores palabras; a fin de cuentas, estaba dialogando con algo eterno, un ser inverosímil, conocedor de la naturaleza humana como pocos.
Tomó de ese mismo coraje, mientras agarraba precavido las llaves de la puerta.
- Lo que necesitaba ya lo conseguí. Una existencia de cielo o infierno sigue siendo una existencia. Solamente necesitaba una prueba tangible para poder vivir en paz. Muchas gracias.
Salió de la casa caminando lo más rápido que pudo, tratando de no perder su propia compostura, todavía le temblaban las piernas. Volvió dos semanas después, Él ya no estaba en la casa. Por las dudas llamó al fumigador.
Julián Rodriguez, Noviembre de 2006