El Responsable

Tenía que tomar el vuelo esa misma tarde. El teléfono celular sonó unas horas antes del viaje, y él contestó rápidamente, como hacía siempre. Era la secretaria de la clínica, le preguntó si llegaría para el análisis del día siguiente. Él dudó un momento, y luego le respondió que sí, siempre y cuando Aerolíneas Argentinas lo dejara en destino y no decidiera estrellar su avión contra el piso. Luego expresó una breve risa simpática para reducir lo drástico del chiste.

Se dispuso a recoger sus cosas -viajaba frecuentemente, llevaría sólo un equipaje de mano- y pensó nuevamente en lo que había respondido. Un par de años atrás, otro vuelo se había convertido en tragedia en el momento del despegue, y la línea estatal era conocida por su falta de mantenimiento.

Luego de bajar del taxi en el aeropuerto, fue directamente hacia la sección de Aerolíneas y pidió su boleto. Se sentó a esperar -siempre llegaba una media hora antes- y decidió tomarse un café en el pequeño bar. Como le sobraron unos minutos, llamó a su familia para avisar que llegaría dos horas más tarde.

En medio del viaje, notó un movimiento que se asemejaba a las turbulencias, pero ya no se alarmaba con esas cosas y se dedicó a tranquilizar al pasajero que iba a su lado, con quien había estado hablando del clima y otras menudencias.

Cuando bajó, notó que a su alrededor todo estaba sutilmente desenfocado, y los colores algo extraños.

Llegó a su casa, saludó a su mujer, a sus hijos y se sentó a la mesa, donde lo esperaban la ensalada y el pollo. Comió y, mientras hablaba con su mujer sobre su semana notaba que ésta se alejaba. No en el sentido de que se levantara y se retirara, sino que su voz parecía lejana. Él mismo notó que su propia voz perdía claridad. Expresó que no se sentía muy bien, comió una fruta y fue a la cama. Mientras, su mujer salió a comprarle el envase para el análisis de orina de la mañana siguiente a la farmacia de turno.

Ya descansado, se levantó con ánimos más vitales. Agarró el envase y fue al baño. Se propuso caminar hacia la clínica; solía caminar bastante.

Saludó a la recepcionista, y en cuanto ella le devolvió el saludo, se dio cuenta de que era la misma que le había hablado por teléfono. Sonrió y tomó asiento. Luego de hojear unas páginas de revistas de actualidad superficial, el doctor lo hizo pasar.

No era un examen cualquiera. Se había propuesto, por recomendación de un amigo, hacerse un estudio general que incluyera las más variadas investigaciones. Luego de media hora de chequeos, que incluyeron los de reflejos, vista, oído, coagulación y una extracción de sangre, el doctor lo acompañó hasta la puerta de la clínica expresándole que lo notaba muy bien. Lo felicitó por no fumar, y por el ejercicio que sostenía.

Él estaba saliendo de la clínica, cuando sintió que la sensación de turbulencia, junto con las formas borrosas y colores extraños se apoderaba de él igual que el día anterior, pero con mayor intensidad. Comenzó a comprender… ahora recordaba que el avión… que su familia… que la clínica…

Ya era demasiado tarde. Pero no había faltado a la cita.

Era muy responsable.

Julian Rodriguez 2005

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