El muerto quedó tendido sobre la cama, flaco, invisible, fétido. Desnudo ya, recorrí los pocos metros que me separaban del baño. No soportaba el olor desagradable del muerto. Limpié cada rincón de mi cuerpo. Cuando salí de la ducha, el muerto todavía estaba ahí, tendido sobre la cama. Saqué ropa limpia del armario, y pacientemente me vestí observando el pantalón del muerto, sus bolsillos.
Despojé al muerto de cinturón y zapatos.
Después agarré los documentos y la billetera de sus bolsillos. Me retiré hacia la lavandería con el muerto en una bolsa.
Julian Rodriguez 2005