Al Otro Mundo (de Romy Baiza)

Hace tres horas que el joven está haciendo dedo al costado de la carretera. Los autos pasan, sólo pasan. Ninguno es capaz de detener su marcha. Eso lo incomoda y lo preocupa ya que la noche se hizo dueña del cielo. Cuando está a punto de darse por vencido y presto a desandar el camino que lo separa de la última estación de servicio de West Plains, uno se detiene pocos metros adelante. Corre presuroso temiendo que éste escape. Dentro del auto, dos muchachas. Sube, saluda y se acomoda en el asiento trasero. Intercambia unas palabras con la conductora mientras la compañera bebe tequila de una botella media vacía.

El auto devora la carretera. La música del autoestéreo inunda su interior. Todo transcurre normal: Risas, bromas y la tequila pasando de mano en mano. Al cabo de unos minutos el tiempo corre más despacio. La guantera que se abre, un arma sale de ella. Cinco balas que se caen sobre el tapizado, una queda en la pistola de corto calibre. El tambor que gira y la imprevista ruleta rusa comienza a jugarse entre las dos participantes. Una chica: ¡Click!… la otra: ¡Click!… Nuevamente la primera: ¡Click!… de nuevo la otra: ¡Bram! Los sesos se estampan contra el parabrisas luego de haber sido expulsados del cráneo. La ganadora del juego grita y sale corriendo luego de detener el auto. Un bocinazo proveniente de la ruta y, después, un camión atropellándola, bañando el asfalto de sangre. El joven toma el revolver sorprendido…

Dos años hacía que estos hechos habían cambiado la vida de Pablo y ahora volvían igual que cada mañana: Escupidos por el espejo de aquella celda.

- ¡Son todos unos imbéciles! – susurra mientras se enjuaga la cara intentando limpiar su mente, y esbozando una mueca irónica, imita al juez que lo condenó – Homicidio en primer grado… En el estado de Missouri eso se castiga con la pena máxima: Muerte por inyección letal, bla, bla, bla…

Como todas las mañanas ordena su pequeño hogar. Éste era una celda diminuta y confortable. Constaba de tres paredes formando una U, y en lugar de la cuarta había una reja. El muro enfrentado a la misma tenía una abertura que oficiaba de ventana por donde se colaba el sol proveniente del patio de la penitenciaría. A la derecha del minúsculo ventiluz tenía colgado un póster de Janis Joplin como único toque personal decorativo. La jaula también contaba con un retrete al cual limpiaba todos los días. Estaba agrupado junto con un lavabo y un espejo; los tres elementos componían su baño privado.

En el tiempo que llevaba en aquella cárcel, Pablo sólo había cosechado una amistad: Leo. Éste era un negro jamaiquino, más bien corpulento y de apariencia temible. Su mirada, casi siempre dura, denotaba una fragilidad sorprendente. Aunque nunca había ido a la universidad su sabiduría era vasta y asombrosa. Éste la había alcanzado a través de las lecturas habituales en la biblioteca de la prisión mientras esperaba el mismo fin que su amigo. Él estaba ahí por violación, asunto del que nunca hablaba, ni siquiera argumentando inocencia. La única vez que Pablo intentó interrogarlo sobre aquel tema obtuvo como respuesta el silencio. Leo jugaba un rol importante entre los presidiarios: Era el encargado de conseguir cualquier cosa que se le pidiese, sea whisky, cerveza o cigarrillos.

Como buenos amigos andaban siempre juntos y esa proximidad alimentaba los comentarios entre los demás compañeros de estadía. Muchos afirmaban que “El Blanquito era la gatita del Negro”. Los más audaces aventuraban que más de una noche se los escuchó “ronronear juntos en la celda”.

Pablo estaba harto de la rutina. Cada día era la repetición del anterior. Levantarse, ir a la lavandería (lugar de trabajo), comer, leer, jugar al béisbol (deporte que todavía, luego de dos años, no había llegado a entender), volver a la celda y dormir. A un mes de su ejecución nada había cambiado.

Ese día amaneció como de costumbre. Parecía como si al titiritero que maneja los hilos del universo se le hubiesen acabado las ideas y las ganas de jugar con ellos. Arregló la cama igual que siempre y partió a su lugar de trabajo. En el camino se topó con Leo que venía algo excitado.

- ¿Cómo estás, Leo? – preguntó Pablo

- Mal, muy mal. – contestó Leo – Anoche no pude pegar un ojo culpa de una maldita rata que se metió en mi “monoambiente”. No sé qué esperan estos guardias para mover el culo y limpiar de una vez por todas esta mugre. – concluyó enojado.

- Están esperando a que se llene de más ratas para que el almuerzo alcance para todos. Sabés que acá algunos se ponen celosos si otros reciben un trato especial – dijo Pablo sonriendo.

- Vos te reís porque no estás en mi jaula – interrumpió Leo y quedó pensativo como si lo que fuera a decirle a su amigo se tratara de algo grave. Y al fin aventuró: – Escuchame, Pablo, en el almuerzo tengo que hablar con vos sobre un asunto que me está dando vueltas en la cabeza desde hace algún tiempo.

- ¿Qué es? ¿Se trata de algo malo? – interrogó Pablo asombrado.

- No, nada de eso. Pero después hablamos más tranquilos – dijo su amigo y se alejó.

Pablo quedó extrañado debido a que siempre almorzaban juntos y ese día no tenía nada extraordinario en su agenda que le impidiese cumplir con el ritual. De todas maneras no prestó demasiada importancia al asunto y se encaminó, un poco retrasado, hacia su lugar de tareas.

En su trabajo recogió algunos encargos de sus compañeros para Leo. Nada fuera de lo común: Unos paquetes de Lucky y unas cuantas Playboy destinadas a acompañar la soledad habitual de las noches insomnes.

Cuando llegó al comedor, Leo ya se encontraba allí, esperándolo. Éste le hizo una seña, quizás temiendo que Pablo no lo hubiera visto. “Parece que lo que tiene que decirme es más que importante” pensó y se dirigió, luego de contestar el saludo, hacia la cocina a elegir el menú. “Se le han terminado las ideas al chef. Otra vez puré y un bistec quemado” comentó con otro preso y se encaminó, al fin, donde su amigo.

- ¿Cómo estuvo el taller? – dijo Pablo iniciando la tan esperada charla.

- Igual que siempre. Arreglamos dos patrulleros rotos que chocaron anoche en una persecución cerca de Salem – comentó Leo. Él trabajaba en la parte metalúrgica del taller de la cárcel. Todos los presos tenían una tarea asignada mientras duraba su estancia en aquel lugar. De esta manera, los guardias y el director del penal se aseguraban tenerlos entretenidos, previniendo cualquier clase de disturbios.

- Todo igual que siempre… – suspiró Leo. – Nada cambia. Repetís lo mismo todos los días y lo peor de todo, es saber que hasta que nos maten va a ser así.

- ¡Guau! Nos levantamos filósofos – acotó Pablo entretenido.

- No jodas. Lo que quería decirte tiene que ver con todo esto – y, mostrando seriedad, el negro preguntó: – ¿Nunca te preguntaste si existe algo distinto?

Pablo quedó paralizado. Su amigo nunca le había hablado de esta forma.

- Sí, qué sé yo – contestó

- Mi abuela decía que hay otra vida, otro lugar donde todo va a ser distinto, más justo. Donde los pecadores (decía) van a pagar sus deudas – dijo Leo pensativo.

- Espero que por tu bien, no – agregó el otro irónicamente. Intentaba cambiar el tono de la conversación. Le desagradaba demasiado hablar del más allá, y sobre todo teniendo en cuenta su situación. “Justo a dos pasos de la pichicata y el negro me sale con esto” pensó mientras metía una cucharada de puré en su boca.

- En serio te estoy hablando… A la noche pienso en las palabras que mi abuela me decía y trato de imaginarme en otro sitio. Ese lugar es mi casa con el mar enfrente, la música de Bob Marley y yo, disfrutando de una Budweiser (malditos yanquis, enviciarme con su cerveza). Después vuelvo a la realidad y éste estúpido lugar me tira el sueño al piso. – dijo Leo con desánimo.

Pablo sabía y conocía la sabiduría de su compañero. Más de una vez habían hablado de cuestiones metafísicas, pero en esta ocasión le resultaba completamente distinto. “Debo ser yo” se dijo para sí. Pero no, era distinto. Parecía que su amigo esa noche, en vez de pensar en los hechos que relataba, se hubiese ocupado en devorar un diccionario para luego sorprenderlo.

- ¿A qué querés llegar, Leo? ¿A saber si le tengo miedo a la muerte? ¡Sí, sabés que sí! – gritó Pablo enojado y golpeó la mesa, sorprendiendo a su compañero con aquella reacción. Dos o tres presos dieron vuelta su cabeza para ver si comenzaba una riña, al comprobar que no iba a ser así continuaron en sus asuntos.

- No, nada que ver – lo intentó calmar Leo – Solamente quiero contarte lo que vengo pensando desde hace algún tiempo. ¿Te interesa escucharme?

- No, pero como igual vas a hacerlo te escucho. – contestó Pablo.

- Yo, al contrario de lo que piensan todos, creo que existe otro lugar donde somos diferentes. Donde vos y yo, en este caso, somos otra cosa. En ese otro lugar no estamos presos, sino en libertad y haciendo algo mejor de lo que estamos haciendo ahora. – dijo Leo.

- Sí, en nuestros sueños somos como vos decís. Yo a veces… – decía Pablo entre risas cuando su compañero lo interrumpió.

- Dejá de tomarme el pelo, por favor, y escuchame. Pensá: En este universo que conocemos y que estamos viviendo, somos dos presos condenados a morir por la justicia. En el lugar, o mejor dicho, en la realidad que yo te digo, somos dos personas que nunca han conocido la cárcel y esa realidad está sucediendo en este preciso momento, paralela a ésta.

- ¿Un mundo paralelo, decís? – interrogó Pablo demostrando cierto interés.

- Algo así. Pero llamémoslo Universo Paralelo (como ya lo han llamado antes). Lo que digo no es que existe otro universo paralelo, sino infinitos universos donde todas las combinaciones que puedan darse sobre nuestras vidas, se dan. Una combinación distinta en cada uno de ellos – siguió Leo excitado – ¿Entendés?

- Más o menos – contestó elevando sus cejas.

- Suponete: En esta realidad, perteneciente a este universo, como ya dije antes, somos presidiarios. En cambio, en uno distinto somos inocentes; en otro uno es culpable y el otro no; en otro, al revés, el que era culpable es inocente y el que era inocente es el culpable… Y así sucesivamente. Una posibilidad distinta en cada uno de los innumerables universos paralelos. – dijo Leo orgulloso.

- Ahora voy entendiendo. Decís que, por ejemplo, en uno soy médico, en otro astronauta, en otro concertista, en otro poeta… – reflexionó Pablo demostrando que algo había podido sacar en claro de aquella teoría tan poética como descabellada.

- ¡Así es! Pero llevada a todos los aspectos de la vida, no solamente al profesional. Para que te queden un poco más claro las combinaciones que se están dando, imaginate: Vos estás enamorado de una mujer (en uno de los universos), y ella no quiere saber nada del asunto; en otro ella te ama y vos a ella; en otro ella te ama y vos no…

- En otro no nos conocemos; en otro nos conocemos pero ninguno tiene ganas de entablar relación. – interrumpió Pablo, manifestando de una vez por todas que había entendido a la perfección – Pero si es así, ¿Cómo explicás que nadie sepa de esto? ¿Que ninguno de esos locos raptados por OVNIs lo hallan comprobado? – interrogó tratando de encontrarle algún punto flojo a aquella teoría.

- Muy simple, Pablo. – contestó su compañero – Ningún hombre tiene permitido el paso a otro universo. Todos tenemos la conciencia de estar viviendo una sola realidad, una sola de las posibilidades. En éste sé lo que soy y lo que hago, y no tengo conocimiento de lo que soy en otra de las realidades. En cambio en otro universo es al revés, seguro sé lo que soy allá pero desconozco mi papel en éste.

- ¿Y de qué me sirve saber todo lo que me estás contando si no puedo comprobarlo? – volvió a preguntar Pablo.

- De nada, al único que le puede llegar a servir es al creador de todo esto. Él se divierte jugando a las combinatorias con nosotros – dijo Leo y preguntó finalmente – ¿Qué opinás, Pablo? Alguna esperanza hay que tener ¿No?

- Eso es lo que opino. No es más que un poco de esperanza lo que te llevó a formular esta especie de teoría. Lamentablemente no nos sirve de nada en estos momentos, pero de todas maneras te doy un consejo: Seguí fumando de la misma hierba que parece ser buena. – contestó y se fue riendo por lo bajo dejando la mitad del almuerzo en el plato, a esta altura frío.

- ¡Morite, infeliz! – gritó Leo indignado y luego esbozó una sonrisa. Si algo le agradaba de su amigo era su sentido del humor y su facilidad para acabar una conversación de manera simpática.

Esa noche Pablo no pudo creer haber tenido aquella charla. Realmente su compañero tenía que estar un poco loco o deprimido para elaborar semejante idea. Aunque él sabía que las noches en una cárcel son perfectas para estos ejercicios mentales. Trató de alejar todo pensamiento y se dispuso a dormir. En pocos días iba a ser trasladado hacia el lugar donde se consumaría su ejecución y no tenía ganas de pensar en “Universos Paralelos” y mucho menos en otros mundos. Durmió.

Finalmente llegó el día. Una semana antes de su despedida terrenal fue llevado hacia el sitio donde reposaban, impávidas e inmutables, las jeringas que le arrancarían el alma del cuerpo. No se despidió de su amigo por temor a decirle cosas que luego lamentaría. No quería que Leo lo viera llorar y tampoco deseaba ver que él lo hiciera. Definitivamente se apreciaban demasiado como para mostrarse tal cual son: frágiles. Optó por dejarle su póster y un sobre del cual solamente ellos dos conocieron su contenido.

El camino hacia el otro presidio, contrariamente a sus deseos, fue corto. Llevaba esposas tanto en sus manos como en sus pies. Esto le impidió dar zancadas largas y debió avanzar a pequeños saltos, lo que entorpeció el recorrido que iba del camión en el que había llegado hasta su futura suite.

La última celda que le dieron era amplia y extremadamente limpia. Lo primero que hizo fue tirarse sobre el grueso colchón que vestía la desnudez original del catre. No pudo creer lo cómodo que se sentía. Quedó tendido durante el resto de la tarde, disfrutando las sábanas limpias.

La semana pasó sin sobresaltos, todos los guardias lo trataron bien. Negó ser visitado por sus seres queridos, venidos desde Argentina, su país natal. No soportaba la idea de ser visto en aquella terrible situación. Ni siquiera aceptó al sacerdote que quería confesarlo, argumentando que él era totalmente inocente del crimen que le habían atribuido. De los demás pecados, se confesó el último día después de la cena, mano a mano con su dios. Luego de esto se arrojó a la cama con pocas esperanzas de dormir. Las luces se apagaron y el silencio se convirtió en su única compañía.

A los pocos minutos, un extraño aroma comenzó a inundarlo lentamente. Era una fragancia deliciosa y familiar que le conmovía cada fibra de su cuerpo. El perfume le era cada vez más conocido, pero no recordó de donde. De repente las luces se encendieron y se dio cuenta, asombrado, que no estaba en la celda. Se encontraba en una inmensa habitación tendido sobre una cama doble, entre sábanas de algodón rozándole la piel. No entendía qué sucedía. A su izquierda había una pequeña mesa de luz donde reposaba un libro marcado a la mitad. Lo recogió sin moverse de su sitio y, omitiendo la portada, lo abrió en la primer página. En la solapa, donde está ubicada la información del autor de la obra, había una foto de él y debajo de la misma se leía claramente su nombre seguido por la frase “…autor del último Best Seller del mundo. Ahora nos trae…”. No pudo continuar leyendo, cerró el libro y lo dejó caer. Pero el pico de asombro más alto sucedió al percibir que no se encontraba solo en aquella habitación, en aquella cama: Recostada a su derecha descansaba la hermosa silueta de una mujer, cuya cabellera rubia le impedía conocer su rostro. Tímida pero decididamente, con una delicadeza suprema, Pablo retiró el fino velo de la cara de su compañera. Descubrió, extasiado y con gran sorpresa que aquella misteriosa mujer era Luna, su amor adolescente. Sí, su único y verdadero amor, por el cual había llorado solitario incontables noches, estaba ahí, durmiendo al lado suyo. Él no entendía cómo había llegado allí, a estar con ella compartiendo la misma almohada. Tanto la había amado y recordado que encontrarse a su lado le provocaba un desconcierto y una felicidad nunca antes experimentada. Recobrado a medias de la sorpresa observó que en la mesita, perteneciente a Luna, había un portarretratos mostrando una foto donde estaban él, su mujer y un hermoso bebé; los tres jugando sobre el césped de un parque. Sentía una sensación indescriptible. Se dio cuenta que había realizado su sueño más deseado. La felicidad le fue inundando poco a poco su espíritu. El sentimiento de libertad le estaba esclavizando el alma. La paz le corría por sus venas esparciéndose por todo su cuerpo. Una sonrisa de agradecimiento hacia alguien o algo, se mostró a través de lágrimas que desbordaron sus ojos. Pablo abrazó tiernamente a Luna y luego de besarle sus labios con profundo amor, cerró sus ojos y durmió como nunca lo había hecho en su vida. Durmió placenteramente como únicamente él pudo hacerlo aquella noche.

Pablo fue ejecutado el 20 de Octubre a las 6:01 AM en una prisión de máxima seguridad en el estado de Missouri, EEUU. Los testigos presenciales afirmaron luego que entró completamente tranquilo y calmo. Dicen los mismos que sus últimas palabras fueron: “Tenías razón, Leo”; frase que ninguno llegó a comprender.